Hablando de cosas Cero glamour y Markos Quisbert
En Cero
glamour Markos Quisbert nos presenta a
nuestra sociedad desnuda, sin filtros. No es necesario imaginar lo que Markos
escribe, aunque no solamente escribe, este autor también dibuja, porque en cada
texto no solo he leído, también he visto, lo que se ve todos los días.
Asco, desnudez, soledad, miseria, morbo son las palabras
que se me han quedado de Cero glamour,
Markos nos relata situaciones con individuos que perfectamente podrían ser mis
vecinos o compañeros en la universidad. Leer y ver puede ser igual de
desagradable.
Hoy en día cuando las personas circulan con la cabeza
inclinada sobre una minúscula pantalla, es necesario que alguien escriba, y
quiero señalar que el verbo escribir va acompañado de lápiz y papel, y nos relate
los sucesos diarios, cotidianos de los cuales son (somos) parte los humanos de
hoy, y Quisbert lo ha hecho. No sé si soy la única, pero siento que con el
internet estamos más solos que antes. A las personas más que agradarles la idea
de poder contactarse con otras, lo que más les fascina es la idea de poder
desconectarse, alejarse en cualquier momento. En “Hombres solitarios” podemos comprobar que mientras más conectados
estamos, más nos alejamos.
Con el avance de la tecnología, ahora todos creen que
saben y lo tienen todo, pero, ¿es así? ¿A caso tener libros me hace más
intelectual? ¿O una cámara me hará fotógrafa o modelo?, ¿A caso tener pinceles
y acuarelas me hará artista? ¿Tener más de mil seguidores me asegura tener a
alguien con quien cenar mientras hablamos sobre cómo me fue en el día? Las
personas han dejado de cuidar este planeta, ya no les importa la tierra que es
real, porque ahora lo virtual hace que nos sintamos más reales, como si el
mundo de las redes nos fuera a dar las papas fritas o el maíz que comemos
mientras vemos Netflix. Creemos que tenemos todo bajo nuestras manos, todo
vigilado, o al menos eso es lo que no han hecho creer. Malgastamos el tiempo
observando la vida de otras personas, nos gusta observar y ser observados, es
como si no nos importarán los hechos en sí, lo que importa es que nosotros
estemos ahí. Creemos que tenemos todo bajo control, que podemos vigilar, pero
se nos olvida que nosotros también podemos ser vigilados. Cito: “Un joven de mostacho renuncia a vigilar su
vecindario. /
Otro como él vigilan toda la ciudad”. El tiempo se nos va de las manos
mientras estamos sobre la cama viendo las historias de instagram de un
desconocido, o como nos revela Quisbert en Los
escombros de un poeta Lascivo: “Una
cama sin hacer; restos de comida, manchas de sangre en las sábanas, trozos de
pan, ropa interior de mujer, orina y semen en un tiesto de plástico. Días sin mover
nada de la habitación.
/ Sólo hay que esperar a que todo se pudra y huela mal para saber qué hacer.” La vida
pasa mientras estamos sobre la cama en la oscuridad, viendo brillar a aquella
pequeña luz.
Otras de las denuncias que encontramos escondidas en los
textos de Markos es el anonimato del que gozamos gracias al internet. En las
redes podemos ser lo que queramos. Como en Estándar,
doble estándar y triple estándar, escenas en las que dos hombres se reúnen
porque se citaron a través del chat, y que se lanzan a un encuentro para
satisfacer sus fantasías, porque en la realidad, a la luz no podrían hacerlo
por miedo a los dedos que señalan.
Quisbert también nos habla de la manía de acumular cosas
innecesarias que tenemos las personas del siglo XXI, ya no compramos porque nos
falte algo, compramos porque creemos que nos falta lo que el producto ofrece.
Cuando alguien compra una crema rejuvenecedora en verdad lo que quiere es
comprar juventud, cuando alguien compra los últimos zapatos Nike o Vans, en
verdad cree que compra “estilo”. Lo mismo sucede al momento de adquirir alguna
prenda, como en Atavios: “La señora,
llena de sueños y planes, adquiere un ropero de segunda mano. / Allí acumulará
vestidos en sinnúmero de diseños.” Los objetos han perdido su valor, ahora
rige la regla de la transitoriedad. Ya no esperas a que tus zapatos se rompan
para comprar un par nuevo, esperas a que salga un nuevo modelo para poder
reemplazarlos. Las personas ya no
sufrimos por las cosas que se nos prohíben, sino más bien por la amplia gama de
posibilidades. No sabemos qué elegir, queremos
tenerlo todo, creemos tenerlo todo.
Si me pidieran armar un soundtrack para Cero glamour, como primera canción
seleccionaría Creature comfort de Arcade Fire que empieza con la voz de Win
Butler diciendo:
Some boys
hate themselves
Spend their lives resenting their fathers
Some girls hate their bodies
Stand in the mirror and wait for the feedback
Spend their lives resenting their fathers
Some girls hate their bodies
Stand in the mirror and wait for the feedback
Saying
God, make me famous
If you can't just make it painless
Just make it painless
If you can't just make it painless
Just make it painless
Este es el himno de estos tiempos, hago énfasis en la
segunda estrofa: “Diciendo: dios hazme
famoso, sino puedes, haz que esto sea menos doloroso.” En internet solo
puedes ser vos mismo por dos caminos, el primero es el camino del anonimato,
donde vos puedes ser vos y más, pero sin mostrar la cara, y el segundo camino
es el de la fama, donde eres vos y tu rostro sale en primera plana. Algunos se
animan a tomar el primer camino, crean una identidad, un personaje, mientras
que los que toman el segundo camino, deciden mostrar la cara en selfies,
especialmente, estos apuestan por participar en realitys shows, aspiran a ser
youtubers, influencers, modelos, fotógrafos, escritores, artistas, pare (ser). Como
en Aloha from Hawaii, “todos aspiran a
hacer todo con maestria desde sus camas inmensas sin necesidad de levantarse.”,
internet nos promete una vida de
placer sin hacer mucho esfuerzo. Quisbert manifiesta la desesperación que
tienen las personas por ser famosas en “!
Qué artista muere en el mundo ¡”, “Población Lautaro”, o “Black out”. Creo
que hay una deformación de la palabra placer, porque por ejemplo, el placer que
sienten las personas al masturbarse frente a una pantalla es patético y triste
porque se ve a la carne humana como un producto para satisfacer nuestras
básicas necesidades y nada más.
Es fácil encontrar a chicas
que lamentan no ser maniquíes, como en
Su imagen es mi sueldo, seguir los patrones de belleza se ha vuelto una
regla y es lo más común en personas del sexo femenino, y a lo largo de la
historia siempre ha sido así, ¿no? La cosificación de las mujeres en los medios
siempre ha estado presente, pero además ahora los hombres también son tan o
incluso igual de cosificados que las féminas. La constante exposición a
imágenes de modelos “perfectas” o “clones de Kim Kardashian” implica un
deterioro en la autoestima de niños, adolescentes y adultos, quienes aspiran a
comprar belleza, juventud, talento.
Markos Quisbert lanza Cero glamour a nuestras caras
diciendo “aquí tienen sus redes sociales y toda la mierda que conlleva”. Sí,
por eso tenemos al sol y la luna, las redes son espacios de riesgos, pero
también espacios de oportunidades. Ahora todos podemos dar nuestras opiniones y
compartirlas, lo que es algo muy bueno y muy malo. Bueno, porque hay gente que
realmente merece ser escuchada, vista, leída, pero también hay personas que
producen contenido con el cual podrías reemplazar al papel higiénico del baño.
Me atrevo a decir que no todo es una farsa y pérdida de tiempo, existen
personas que tienen los ojos bien abiertos, tanto así, que prefieren tener la
boca cerrada. He sentido mucho asco leyendo el libro, sí, pero asco en el buen
sentido, no me refiero a asco de libro, sino a “qué asco de humanos somos”. A
modo de complemento de esta lectura,
recomiendo ver “Fifteen Million
Merits” que es el segundo episodio de la primera temporada de la
serie de ciencia ficción distópica Black Mirror,
que expone la miseria de nuestra sociedad
pantalla. Para las personas que se animen a leer Cero glamour les
recomiendo tener una bolsa o balde cerca, por si quieres vomitar, y por favor,
no consuman ningún derivado de lácteo mientras leen, en serio.

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