Hablando de cosas Cero glamour y Markos Quisbert



Por Nicaela Leon


En Cero glamour Markos Quisbert nos presenta a nuestra sociedad desnuda, sin filtros. No es necesario imaginar lo que Markos escribe, aunque no solamente escribe, este autor también dibuja, porque en cada texto no solo he leído, también he visto, lo que se ve todos los días.
Asco, desnudez, soledad, miseria, morbo son las palabras que se me han quedado de Cero glamour, Markos nos relata situaciones con individuos que perfectamente podrían ser mis vecinos o compañeros en la universidad. Leer y ver puede ser igual de desagradable.
Hoy en día cuando las personas circulan con la cabeza inclinada sobre una minúscula pantalla, es necesario que alguien escriba, y quiero señalar que el verbo escribir va acompañado de lápiz y papel, y nos relate los sucesos diarios, cotidianos de los cuales son (somos) parte los humanos de hoy, y Quisbert lo ha hecho. No sé si soy la única, pero siento que con el internet estamos más solos que antes. A las personas más que agradarles la idea de poder contactarse con otras, lo que más les fascina es la idea de poder desconectarse, alejarse en cualquier momento. En “Hombres solitarios” podemos comprobar que mientras más conectados estamos, más nos alejamos.
Con el avance de la tecnología, ahora todos creen que saben y lo tienen todo, pero, ¿es así? ¿A caso tener libros me hace más intelectual? ¿O una cámara me hará fotógrafa o modelo?, ¿A caso tener pinceles y acuarelas me hará artista? ¿Tener más de mil seguidores me asegura tener a alguien con quien cenar mientras hablamos sobre cómo me fue en el día? Las personas han dejado de cuidar este planeta, ya no les importa la tierra que es real, porque ahora lo virtual hace que nos sintamos más reales, como si el mundo de las redes nos fuera a dar las papas fritas o el maíz que comemos mientras vemos Netflix. Creemos que tenemos todo bajo nuestras manos, todo vigilado, o al menos eso es lo que no han hecho creer. Malgastamos el tiempo observando la vida de otras personas, nos gusta observar y ser observados, es como si no nos importarán los hechos en sí, lo que importa es que nosotros estemos ahí. Creemos que tenemos todo bajo control, que podemos vigilar, pero se nos olvida que nosotros también podemos ser vigilados. Cito: “Un joven de mostacho renuncia a vigilar su vecindario. / Otro como él vigilan toda la ciudad”. El tiempo se nos va de las manos mientras estamos sobre la cama viendo las historias de instagram de un desconocido, o como nos revela Quisbert en Los escombros de un poeta Lascivo: “Una cama sin hacer; restos de comida, manchas de sangre en las sábanas, trozos de pan, ropa interior de mujer, orina y semen en un tiesto de plástico. Días sin mover nada de la habitación. / Sólo hay que esperar a que todo se pudra y huela mal para saber qué hacer.La vida pasa mientras estamos sobre la cama en la oscuridad, viendo brillar a aquella pequeña luz.
Otras de las denuncias que encontramos escondidas en los textos de Markos es el anonimato del que gozamos gracias al internet. En las redes podemos ser lo que queramos. Como en Estándar, doble estándar y triple estándar, escenas en las que dos hombres se reúnen porque se citaron a través del chat, y que se lanzan a un encuentro para satisfacer sus fantasías, porque en la realidad, a la luz no podrían hacerlo por miedo a los dedos que señalan.
Quisbert también nos habla de la manía de acumular cosas innecesarias que tenemos las personas del siglo XXI, ya no compramos porque nos falte algo, compramos porque creemos que nos falta lo que el producto ofrece. Cuando alguien compra una crema rejuvenecedora en verdad lo que quiere es comprar juventud, cuando alguien compra los últimos zapatos Nike o Vans, en verdad cree que compra “estilo”. Lo mismo sucede al momento de adquirir alguna prenda, como en Atavios: “La señora, llena de sueños y planes, adquiere un ropero de segunda mano. / Allí acumulará vestidos en sinnúmero de diseños.” Los objetos han perdido su valor, ahora rige la regla de la transitoriedad. Ya no esperas a que tus zapatos se rompan para comprar un par nuevo, esperas a que salga un nuevo modelo para poder reemplazarlos.  Las personas ya no sufrimos por las cosas que se nos prohíben, sino más bien por la amplia gama de posibilidades.  No sabemos qué elegir, queremos tenerlo todo, creemos tenerlo todo.
Si me pidieran armar un soundtrack para Cero glamour, como primera canción seleccionaría Creature comfort de Arcade Fire que empieza con la voz de Win Butler diciendo:
Some boys hate themselves
Spend their lives resenting their fathers
Some girls hate their bodies
Stand in the mirror and wait for the feedback

Saying God, make me famous
If you can't just make it painless
Just make it painless

Este es el himno de estos tiempos, hago énfasis en la segunda estrofa: “Diciendo: dios hazme famoso, sino puedes, haz que esto sea menos doloroso.” En internet solo puedes ser vos mismo por dos caminos, el primero es el camino del anonimato, donde vos puedes ser vos y más, pero sin mostrar la cara, y el segundo camino es el de la fama, donde eres vos y tu rostro sale en primera plana. Algunos se animan a tomar el primer camino, crean una identidad, un personaje, mientras que los que toman el segundo camino, deciden mostrar la cara en selfies, especialmente, estos apuestan por participar en realitys shows, aspiran a ser youtubers, influencers, modelos, fotógrafos, escritores, artistas, pare (ser). Como en Aloha from Hawaii, “todos aspiran a hacer todo con maestria desde sus camas inmensas sin necesidad de levantarse.”, internet nos promete una vida de placer sin hacer mucho esfuerzo. Quisbert manifiesta la desesperación que tienen las personas por ser famosas en “! Qué artista muere en el mundo ¡”, “Población Lautaro”, o “Black out”. Creo que hay una deformación de la palabra placer, porque por ejemplo, el placer que sienten las personas al masturbarse frente a una pantalla es patético y triste porque se ve a la carne humana como un producto para satisfacer nuestras básicas necesidades y nada más.
Es fácil encontrar a chicas que lamentan no ser maniquíes, como en Su imagen es mi sueldo, seguir los patrones de belleza se ha vuelto una regla y es lo más común en personas del sexo femenino, y a lo largo de la historia siempre ha sido así, ¿no? La cosificación de las mujeres en los medios siempre ha estado presente, pero además ahora los hombres también son tan o incluso igual de cosificados que las féminas. La constante exposición a imágenes de modelos “perfectas” o “clones de Kim Kardashian” implica un deterioro en la autoestima de niños, adolescentes y adultos, quienes aspiran a comprar belleza, juventud, talento.
Markos Quisbert lanza Cero glamour a nuestras caras diciendo “aquí tienen sus redes sociales y toda la mierda que conlleva”. Sí, por eso tenemos al sol y la luna, las redes son espacios de riesgos, pero también espacios de oportunidades. Ahora todos podemos dar nuestras opiniones y compartirlas, lo que es algo muy bueno y muy malo. Bueno, porque hay gente que realmente merece ser escuchada, vista, leída, pero también hay personas que producen contenido con el cual podrías reemplazar al papel higiénico del baño. Me atrevo a decir que no todo es una farsa y pérdida de tiempo, existen personas que tienen los ojos bien abiertos, tanto así, que prefieren tener la boca cerrada. He sentido mucho asco leyendo el libro, sí, pero asco en el buen sentido, no me refiero a asco de libro, sino a “qué asco de humanos somos”. A modo de complemento de  esta lectura, recomiendo ver “Fifteen Million Merits” que es el  segundo episodio de la primera temporada de la serie de ciencia ficción distópica Black Mirror, que expone la miseria de nuestra sociedad pantalla. Para las personas que se animen a leer Cero glamour les recomiendo tener una bolsa o balde cerca, por si quieres vomitar, y por favor, no consuman ningún derivado de lácteo mientras leen, en serio.


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